martes, 26 de agosto de 2008

Pero...¿Qué sabemos realmente sobre los INDÍGENAS?


Hablando un poco de leyes, nuestra constitución Nacional establece en el artículo 75 inciso 17 que se reconoce la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos. Destacando también garantizar el respeto a su identidad y educación bilingüe e intercultural, reconoce la personería jurídica de las comunidades. La Constitución de Nuestra Salta, hace referencia a los indígenas en el artículo 15. Allí se menciona también el respeto que merecen como comunidad étnica y llama a consensuar entre indígenas y no indígenas lo relacionado a las tierras fiscales. Son los mismos indígenas los que alzan la voz citando a la constitución para decir: que "la propiedad de las tierras es un derecho de los pueblos indígenas y, por lo tanto, existe ya sobre el Estado un deber concreto de entregarlas".
Existen una gran variedad de leyes y convenios sobre estos asuntos. Quizás una de las más importantes en nuestro país es la ley 23302 sobre asuntos indígenas. A grandes rasgos, la ley establece la creación de una comisión nacional de asuntos indígenas para la protección, defensa y apoyo de las comunidades, asegurando su plena participación en el proceso cultural y socioeconómico de la Nación, respetando siempre sus valores. Se especifican planes para asegurar el acceso a tierras que puedan ser explotadas, además de los planes de educación, salud y vivienda. Esta de más decir que la aplicación de esta ley es fundamental teniendo en cuenta que en la actualidad gran parte de estas comunidades se encuentran en condiciones de marginación y desigualdad que deben… que tienen que ser corregidas. En 2004 y 2005 el INDEC dio a conocer un informe con el objetivo de cuantificar población que se reconoce perteneciente y/o descendiente de pueblos indígenas. Los resultados arrojaron que más de 600 mil personas se reconocen pertenecientes en primera generación de pueblos indígenas. Los pueblos mapuches, kolla, toba y wichí en conjunto agrupan cerca del 50% de la población relevada. Siendo Salta, junto con Jujuy y Formosa, las provincias en las que se concentra la mayor parte de la población aborigen.
Puntualmente existen algunos problemas motivos suficientes de preocupación. Sucede que la sociedad argentina tiene todavía una deuda muy grande con los aborígenes. La propiedad de las tierras es hoy por hoy y desde siempre la mayor problemática y demanda de los aborígenes. En 1989 Juan Pablo II expreso que "los pueblos calificados como autóctonos o aborígenes, han tenido siempre con su tierra una relación especial, que está unida a su misma identidad, a sus relaciones tribales, culturales, y religiosas. Cuando las poblaciones indígenas se ven privadas de sus tierras, pierden el elemento vital de su existencia y corren riesgo de desaparecer como pueblo". Así hemos visto en numerosas oportunidades marchar por las calles de la ciudad empapelada de propuestas, una gran cantidad de aborígenes que velan por sus derechos. Como dice una poesía “ten presente amigo, que él será el primero en parar las patas cuando alguien se atreva a violar la patria”
La pobreza aborigen en América latina es persistente y severa. La correlación entre pobreza y educación se hace visible en la precarización laboral y su limitada cobertura, las grandes dificultades para la enseñanza y la poca cobertura en cuanto salud. En los últimos años las noticias sobre la muerte de aborígenes azotadas por la desnutrición en el Chaco salteño se mostraron como signo de alerta para una sociedad ciega más preocupada por lo que paso en algún reality show que por lo que realmente requiere nuestra atención.






martes, 19 de agosto de 2008

Feliz Cumplaños Hermana



de regalito para mi coequiper por el día de su natalicio un escrito de M. Elena Walsh: La pena de Muerte

Fui lapidada por adúltera. Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella, arrojó la primera piedra, autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos. Me arrojaron a los leones por profesar una religión diferente a la del Estado. Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio encarnado en mi pobre cuzco negro, y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco. Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial. Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos. Mi señor era el brazo de la Justicia. Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas, merced a un contubernio católico-protestante. Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios consideraron aberrante que propusiera incluir los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre. Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios. Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote, a causa de una interna de federales. Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente. Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad, sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien, como suele decirse de los embriones en el claustro materno. Me arrearon a la cámara de gas por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos. Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos, arrojándome semivivo a una fosa común. A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales supieron con certeza qué delito merecía la pena capital. Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable. Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar. Cada vez que se alude a este escarmiento la Humanidad retrocede en cuatro patas.

domingo, 17 de agosto de 2008

Celebración de la amistad

Porque extrañaba escribir en este espacio, porque extraño los libros que terminé de leer, extraño los amigos que hace mucho no veo, extraño un pueblito difícil de encontrar, su silencio, su gente, también extraño a la otra mitad de este blog (mi coequiper), a quien hace tiempo no veo. Extraño a mis compañeros de viaje, a mis compañeros de estadía, de risas. Extraño a escritores que nunca conocí, a mi perro felipe, a mi hermana que está lejos. Especialmente extraño a un amigo que pronto lo volveré a ver, y en mi abrazo entenderá porque lo extrañé tanto.
Por extrañar me dieron ganas de escribir, y de leer las celebraciones de la amistad, sentimiento que va de la mano con mi nostalgia.

Celebración de la amistad /2 del libro de los abrazos

Juan Gelman me contó que una señora se había batido
a paraguazos, en una avenida de París, contra toda
una brigada de obreros municipales. Los obreros estaban
cazando palomas cuando ella emergió de un increí-
ble Ford a bigotes, un coche de museo, de aquellos que
arrancaban a manivela; y blandiendo su paraguas, se
lanzó al ataque.
A mandobles se abrió paso, y su paraguas justiciero
rompió las redes donde las palomas habían sido atrapadas.
Entonces, mientras las palomas huían en blanco
alboroto, la señora la emprendió a paraguazos contra
los obreros.
Los obreros no atinaron más que a protegerse, como
pudieron, con los brazos, y balbuceaban protestas que
ella no oía: más respeto, señora, haga el favor, estamos
trabajando, son órdenes superiores, señora, por qué no
le pega al alcalde, cálmese señora, qué bicho la picó, se
ha vuelto loca esta mujer.
Cuando a la indignada señora se le cansó el brazo, y
se apoyó en una pared para tomar aliento, los obreros
exigieron una explicación.
Después de un largo silencio, ella dijo:
- Mi hijo murió.
Los obreros dijeron que lo lamentaban mucho, pero
que ellos no tenían la culpa. También dijeron que esa
mañana había mucho que hacer, usted comprenda.
- Mi hijo murió -repitió ella.
Y los obreros: que sí, que sí, pero que ellos se estaban
ganando el pan, que hay millones de palomas sueltas
por todo París, que las jodidas palomas son la ruina de
esta ciudad.
- Cretinos -los fulminó la señora.
Y lejos de los obreros, lejos de todo, dijo:
- Mi hijo murió y se convirtió en paloma.
Los obreros callaron y estuvieron un largo rato pensando.
Y por fin señalando a las palomas que andaban
por los cielos y los tejados y las aceras propusieron:
- Señora: ¿porqué no se lleva a su hijo y nos deja trabajar
en paz?
Ella se enderezó el sombrero negro.
- ¡Ah, no! ¡Eso sí que no!
Miró a través de los obreros, como si fueran de vidrio,
y muy serenamente dijo:
- Yo no sé cuál de las palomas es mi hijo. Y si supiera,
tampoco me lo llevaría. Porque, ¿qué derecho tengo yo a
separarlo de sus amigos?

Eduardo Galeano

sábado, 2 de agosto de 2008

Ante la Ley- Franz Kafka

Un amigo que aconsejo que lo lea. Gustavo. Muy bueno

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN

domingo, 6 de julio de 2008

¿lobo estás?

De la sangre vertida en Palomitas
nacen soles y banderas fraternas
nacen jóvenes bosques
donde la ronda de los niños canta
¿lobo estás?
y responde la vida con fervor de muchacho
¡No! se ha ido para siempre.
Teresa Leonardi

miércoles, 18 de junio de 2008

duo de poemas

Hay hombres que luchan un día y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescendibles
bertolt brecht

"Primero se llevaron a los comunistas
pero a mí no me importó
porque yo no era.
En seguida se llevaron a unos obreros
pero a mí no me importó
porque yo tampoco era.
Después detuvieron a los sindicalistas
pero a mí no me importó
porque yo no soy sindicalista.
Luego apresaron a unos curas
pero como yo no soy religioso
tampoco me importó.
Ahora me llevan a mípero ya es tarde."
Martin Niemöller

viernes, 13 de junio de 2008

Mecánicos


Cuentos de los años felices es un libro de mi querido Osvaldo Soriano. Mécanicos es un cuento perteneciente aquel libro, dedicado a su padre , donde el recuerdo de Osvaldo se hace anecdotas. Supongo que hace bien recordar a alguien así, humanizado, con todos sus errores. Capaz este cuento hoy traiga discordias, allí en la serenidad del sepulcro, o en el redondel de la luna, aunque no lo creo.
Dedicado a Facha y a Gordito, muy feliz día del padre, gracias por todo, sobre todo por la libertad y por amarnos a pesar de las diferencias.

Mecánicos
Osvaldo Soriano


Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día. indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. A esa edad creemos que el mundo solo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén. Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó que haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico. Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo. Yo no le hice caso pero el se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para que servían. A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tire en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller. --Sos un cabeza hueca--me decía. Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa, que le prestaba un vecino. Tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata. Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por donde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezo a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles. Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigueñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "jCarajo, qué mal trabajan los franceses!" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi se pierde los tallarines gratis: --Doce-- le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles . Y con la ayuda de Dios todavía tengo que pagar otras veinticuatro. Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. Dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la Patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era mas atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cual pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para que con un responso lo ayudara a rehacer el embrague. Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración. Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las verguenzas con los restos de un mantel. Mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. En el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave. Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. Adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateo con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como una gallo de riña. Después me guiñó un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes. --Andá--me dijo--. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvas de los bailes y las guardias. Ese año hice mas de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para el su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.