domingo, 5 de septiembre de 2010

VOLVIENDO II

Ayer cuando caminaba por la calle balcarce pase por el bar "kasa tomada" y me acorde , salvado las distancias claro, del cuento CASA TOMADA de Cortázar. Más tarde, volviendo a mi casa, un amigo hablo de eso y ya no me quedaron dudas había que compartirlo. Dedicado a mi coequiper y a mi amigo G.

Casa Tomada (Julio Cortázar)

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene que pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en vos más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.


Volviendo


Para recordar a Mario Benedetti, y reabrir el blog. Un escrito sobre lo cotidiano y hermoso. Para mi coequiper

SEMÁNTICA PRÁCTICA


Sabemos que el alma como principio de la vida
es una caduca concepción religiosa e idealista
pero que en cambio tiene vigencia en su acepción segunda
o sea hueco del cañón de las armas de fuego
hay que reconocer empero que el lenguaje popular
no está rigurosamente al día
y que cuando el mismo estudiante que leyó en konstantinov
que la idea del alma es fantástica e ingenua
besa los labios ingenuos y fantásticos de la compañerita
que no conoce la acepcíon segunda
y a pesar de ello le dice te quiero con toda el alma
es obvio que no intenta sugerir que la quiere
con todo el hueco del cañón.

jueves, 30 de julio de 2009

martes, 24 de marzo de 2009

Ni olvido, ni perdón.


Aquel triste 24 de marzo de 1976, Sandra salió de su casa para ir a trabajar, como todos los días. Ella, una persona agradable, con unas formidables ganas de vivir, llena de sueños, de deseos por cambiar el mundo, era la madre de Guadalupe, una nena de 6 meses de vida. Su hombre y compañero de la vida y de la lucha, Pablo, había salido más temprano para cumplir puntualmente su día laboral.
Sandra llegó a casa después de un largo día. Preparó la cena para compartir con su familia y espero impacientemente la llega de Pablo. Pasaron las horas y las agujas del reloj no dejaban de moverse. Cada minuto era una pequeña tortura. Sufría el paso el tiempo sin saber que horas después la tortura y la impotencia sería aún más intolerable.
Llegó la medianoche pero Pablo no volvió a casa. Desesperada, llamó por teléfono al trabajo de Pablo, pero el guardia del diario “El Popular” le dijo que Pablo no había asistido aquel día a su cotidiano trabajo de redactor.
Con todas su fuerzas, conciente de su presagio, abrazo a su hija que no dejaba de llorar, como presintiendo en su inocencia, el final inevitable que ya estaba viviendo su padre en algún lugar clandestino y cruel de la ciudad.
Al día siguiente Sandra, con el corazón destruido, escuchaba el discurso presidencial de un militar déspota, que anunciaba el Estado de Sitio. Sabía muy bien donde estaba su marido, aunque la policía no acepto tomarle la denuncia. Sabía muy bien que el único pecado que había cometido su hombre era sencillamente decir lo que pensaba, lo que sentía, denunciar las arbitrariedades de un “gobierno” que llegaba sin ser llamado para dar inicio a la etapa más oscura de la Argentina.
Esa noche, Sandra sintió como el horror entraba a su casa sin tocar la puerta, de la misma manera que tomaron el país… sin que nadie los llamara. Revolvieron su casa, sus cosas, la golpearon, le taparon los ojos mientras la separaban de su hija que seguía llorando.
A Sandra y a Pablo le quitaron no solo la vida, les quitaron la posibilidad de ver crecer a su hija, les quitaron el sueño de cambiar el mundo, les mataron las ideas. A su hija le quitaron su identidad, su familia, su casa, su barrio, su perro, sus abuelos, sus tíos, sus primos, y le dieron una familia sustituta, una familia de mentiras, de farsantes, de asesinos.
La historia de Sandra, Pablo y su hija es la 30.000 argentinos que desaparecieron de la mano de un gobierno de asesinos que cometieron los delitos más brutales e inhumanos.
Hoy, conmemoramos el “día de la memoria” pero también el día de la impunidad. No solo porque muchos responsables no han sigo juzgados y siguen gozando de libertad, sino porque en tiempos de democracia, Jorge Julio López, de la misma manera que sucedió con 30.000 argentinos hace 33 años, se ausenta de su hogar, por segunda vez, y su familia lo busca con desesperación, también por segunda vez…
No podemos volver el tiempo atrás, pero si podemos darle a través de la Justicia un respiro a todas las personas que les arrebataron injustamente un ser querido. Por eso, para los homicidas responsables ¡Ni olvido, ni perdón! JUSTICIA.
NUNCA MÁS.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Suelo

Gracias a mi coequiper recordé que por algún lado tenía este escrito u aunque ella sabe que no fue la dueña de mi inspiración de algún modo se lo dedico. Por hacerme acordar de cosas, y por apoyarme en lo que entonces me llevó a escribir esto...

Suelo
Das por perdidos infinidad de trastos viejos, acomodados en mi pecho, entre mis bustos, escondidos, licuándose, mezclándose, convirtiéndose, convirtiéndome.
Das por perdido el tacto de mi mano, el filo de mis cuchillas, el olor de lo inerte. Me ves sin mirarme, me ves despacio, de arriba abajo, a lo ancho, mientras me tocas, me olfateas, me tapas los ojos.
Me das por perdida, porque yo te di por perdido antes, y todavía no hay idioma sin la palabra soledad.
Y ya perdí mis ojos, perdí mis manos, perdí mis sueños, mis ideales, no puedo mantenerme en pie ni caminar, no puedo leer, no llego a escuchar bien los gritos, mis gritos, mis gritos mudos, no puedo gritar.Y trato de decírtelo más fuerte, que dejes de perderme, pero el ruido sólo mueve mis trastos, hasta que me doy por vencida, un poco por perdida, y vuelvo de nuevo a esperar, a escaparme. Que el tiempo se encargue de mi, que las horas me golpeen, que los minutos me trastornen, que los segundos me blasfemen y que tu indiferencia sólo deje la imagen de lo que fui en mi lecho.
Agustina

sábado, 31 de enero de 2009

Mi lumía

Para revivir el blog, este poema de Girondo, para mi amiñaña...
Mi Lu
mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y
gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Poema 12 - Oliverio Girondo

Poema de pasiones, de desenfreno, de situaciones familiares.

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.

Oliverio Girondo