sábado, 26 de febrero de 2011

LA BALLENA AZUL

Tal vez a legua y media de Yala- lo cual antes era mucha distacia, cuando la velocidad no había impuesto su ritmo a la vida y el hecho de nacer en un lugar era primordial o importante- estaba el poblado de Los Molinos; quizá no un poblado- meros rastros de una antigua merced- sino tan sólo unas cuantas viviendas junto a la gran sala donde durmió el general Belgrano.

La casa todavía existe, casi en ruinas, ahora al costado de una alevosa carretera que le expropió buena parte de su huerta, dejándole el torreón de las palomas, las verandas y el muro, algunas palmeras y dos o tres nísperos hueros y obstinados. De esa casa conservo un olor, un claroscuro, algunos pedazos de cielo entre las alfajías de su techumbre careada, la figura silenciosa de una mujer marchita, de cabellos negros y larga pollera verde; una luminosidad y unos zumbidos de alma en pena deambulando a la hora de la siesta también están presentes otros ruidos, confusos o amortiguados o inexistentes, como eco de aquel mundo muero tiempo atrás, que acababa de llegar. En una de las habitaciones de esa casa, frontera de una acequia- espacio pircado de por medio, con pisingallos y matas de frutilla silvestre creciéndole por todos los costados- estaba el aula donde funcionaba la escuela.

En esa escuela, al igual que en todas las demás escuelas a las que después, no recuerdo haber aprendido nada que me sirviese, pero tengo unidas aquellas imágenes docentes y sucesivas con la idea de la crueldad, la humillación, el deber impuesto, autoritario y castrador, la educación dictada a palos, al margen del rítmo de nuestra vida, propinada con el extraño lenguaje de los manuales y las cartillas, que tragábamos a viva fuerza, como un alimento ajeno, calmo y forzoso.

La clase daba comienzo cuando la maestra- entonces una Sra. Ad honorem- llegaba a bordo de un Rugby conducido por un hombre flaco y mudo, a veces mucho después de todos nosotros. Los bancos eran para dos alumnos y yo me sentaba junto a una niña gorda, de unos trece años, entenada de un puestero de San Pablo de los Reyes, que aparecía, siempre la primera, de a pie, o a menudo montada en un burro con árganas de varillas de sauce que su padre empleaba para recolectar las verduras. No tenía guardapolvo; tenía ojos vivaces pero desconfiados y cautelosos como los de un pájaro y se llama Pancha; de tarde servía casa del hacendero Muñoz, para peinar a la dueña, despiojarla y destrenzar y trenzar sus largos cabellos. Era unos cinco años mayor que yo.

El aula era una sola y del primero al cuarto grado todos íbamos juntos. Había, en un rincón, un esqueleto humano, de pie, colgado de una vara y en la actitud tambaleante de un borracho; en el otro rincón había una alta percha de astas y al frente y hacía arriba un retrato de prócer con cara de oligofrénico.

La maestra ese día repartió las pizarras y tres pedazos de tiza de colores distintos entre algunos alumnos, y dijo: “Hoy van a dibujar una ballena. Una ballena es un cetáceo mamífero, que vive en el mar y tiene esta forma que yo hago en el pizarrón. Copien”

Era un asunto deslumbrante y maravilloso para quienes vivíamos en las montañas y jamás habíamos salido más allá de cinco leguas a la redonda. Ni las pizarras ni las tizas alcanzaron para mí, que tuve que mirar cómo trabajaba Pancha.

Al cabo de diez minutos la maestra, que luego de dibujar en el pizarrón había permanecido en su escritorio masticando sen-sen, en silencio, vino a pasearse entre los bancos para observar el trabajo. De ese momento ahora recuerdo las gastadas baldosas del piso, el taconear de sus zapatos y el aleteo espantadizo de algún murciélago en la cumbrera tenebrosa del techo, cuando sonó la bofeteada junto a mí.

-“¡Idiota!”, gritaba la maestra con la pizarra de mi compañera de banco en sus manos, -“has pintado de azul la ballena! ¿De qué color entonces habrías de pintar el mar? ¡Fuera de aquí, pedazo de burra!

No me dí cuenta en que momento Pancha desapareció del aula. Dicen que primero estuvo llorando sentada entre las matas, debajo de unos tarcos. Depsués, seguramente huyendo del pavor del mar y la pedagogía, nunca más volvió a la escuela.

Yo me salvé, ignorando, tal vez porque mi padre jugaba al ajedrez y vivíamos en una casa blanca.

Héctor Tizón.

Revista Tres Puntos, 6 de enero de 1999.

*Héctor Tizón nació en 1929 en Yala, Jujuy. Escritor, periodista, abogado y diplomático argentino. Es o fue juez de la corte de Jujuy. Hay una película basada en una de sus obras que se llama El destino, es muy linda, véanla!

martes, 11 de enero de 2011

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes


Otra vez más publicando un texto de María Elena Walsh. Otra vez más, pero diferente. Trantando de ampliar los límites de la memoria, recordarla por su literatura para adultos y su lucha. Después de todo yo la recordaré por eso, no sólo por hacerme imperdonablemente feliz durante mi infancia.

En agosto de 1979, en el Suplemento “Cultura y Nación” de Clarín, María Elena Walsh publicó una nota, de la que aquí se reproduce un fragmento, que funcionó como una voz a favor de la lucidez y en contra de la censura practicada por la Dictadura.


Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes

Si alguien quisiera recitar el clásico “Como amado en el amante / uno en otro residía ...” por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar “por esa única vez” los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora. El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en que necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (no son pornográficas pero quién va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas de anatomía?) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o “desaconsejables”. Si tiene la suerte de no figurar entre los réprobos hablará ante un micrófono tan rodeado de testigos temerosos que se sentirá como una nena lumpen a la mesa de Martínez de Hoz: todos la vigilan para que no se vuelque encima la sémola ni pronuncie palabrotas. Y el oyente no sabe por qué su autor preferido tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos de Quino que se preguntaban: “¿Nosotros qué éramos ...?”

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. Ve también a mucha gente que se ama —o se mata y esclaviza, pero eso no importa al censor— fuera de vínculos legales o divinos.

Pero suele estarle vedado referirse a lo que ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o “invitado”— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: “La inflación ha muerto” (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué. (....)

María Elena Walsh

sábado, 18 de diciembre de 2010

INSTRUCCIONES PARA LLORAR


Instrucciones para llorar. Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos

(JULIO CORTÁZAR)

miércoles, 8 de diciembre de 2010

LATINOAMÉRICA


Camina. Ahí va esa mujer.

Canta canciones de revolución bailando con la libertad, mientras la emoción le humedece los ojos. Siempre están queriendo callarla, pero ella es una mujer audaz, es la pachamama de los nativos, de los postergados, de los olvidados. Es un canto de gloria.

Es Buena moza. Uno la puede encontrar bailando una milonga o pintado en algún corazón enamorado los colores de una whipala. Por las tardes, mate de por medio, conversa con el Che, y ella, enamorada de la libertad, nombra montañas, selvas, ríos, dioses. . Por las noches suele chayar los corazones abatidos con vino y oro verde. Hay quienes la vieron atravesar la Cordillera de los Andes bailando una cueca. La melancolía la sorprende siempre cuando mira las ruinas del Tiahuanaco. Latinoamérica es alegría, es Carnaval.

Decir Latinoamérica es hablar de una mujer con agallas. Una mujer que fue maltratada, golpeada, ultrajada, pero que supo levantarse a tiempo y decir: Aquí estoy más fuerte que nunca.

Pipi

viernes, 26 de noviembre de 2010

En busca del sol

Roberto Luis Oglietti era soltero, estudiante de la Licenciatura de Recursos Naturales, había nacido el 21 de enero de 1956. Tenía 20 años.
Junto a 11 compañros fue brutalmente asesinado en el episodio mas terrible de Salta, la Masacre de Palomitas.

Meses antes de ser llevado al simulacro de enfrentamiento donde lo matarían, Oglietti escribió una carta a su hermana, la que decía:

"Después de la visita de Roberto nada ha variado en nuestra condición de reclusos, salvo la temperatura que este año nos esta jugando al frío frío el mes de febrero, con el aliciente nada despreciable que este pabellón se lo puede caracterizar sin temor a equivocarse como una perfecta congeladora que hace a esta altura del partido todos los compañeros andemos con pulóver y mantas.
De todos modos tenemos que tener presente como una cosa imborrable en nuestro pensamiento, que éste como un año más, los obreros, los humildes, los pobres van a seguir sufriendo las injusticias de este sistemainstrumentado en base a la explotación y mantenido a base de la represión más inhumana. Hambre y palos para el pueblo, a la clase obrera, a esa clase que con sus brazos extrae y procesa toda la riqueza de nuestro país, la que hace posible que Argentina sea lo que es. Acaso te pusiste a pensar que pasaría con una fábrica sin obreros y con el campo sin campesinos?; qué harían los poderosos?. Los empresarios, los terratenientes, los politiqueros títeres del imperialismo, qué harían sin el pueblo, sin los trabajadores?. Nosotros somos una parte de ese pueblo que sufre las injusticias más irracionales con la diferencia que nos tienen confinados detrás de unas rejas. Esta es una respuesta a eso: El origen de nuestra fuerza no esta en la vaga promesa de un místico, ni en un sueño cualquiera que incendia el alma. Procede únicamente de ese golpe de la historia imposible de detener. Los que intentan oponerse a nosotros se oponen también a las leyes seculares del movimiento de la materia, de la sociedad; no existe pausa, sino movimiento: si el hoy desemboca en el mañana, el mañana derriba el hoy y todo sin cesar sigue avanzando, avanzando. Nosotros somos los pregoneros del mañana. Somos el rumor de esa corriente que corre sin parar y reconstruye... Nosotros somos los que acomodan su paso al paso de la historia, los que pisotean al imperialismo que se derrumba y que edifican el mañana.
Por eso te puedo decir Norita, que esta es una marcha hacia el sol y conocemos el final. Capturemos el sol."

Esta bella carta fue objeto de censura y no fue remitida a su destinatario. El joven Oglietti ratificó haber escrito la misma y lo castigaron encerrándolo 15 días en su celda. El 6 de Julio del 76 fue masacrado en Palomitas, junto a 11 compañeros.

domingo, 21 de noviembre de 2010

ESCRÚPULO


Este poema de Oliverio Girondo, me viene persiguiendo de hace rato. Gracias!!!!!!!


Escrúpulo

Me parece que vivo
que estoy entre los ruidos
que miro las paredes,
que estas manos son mías,
pero quizás me engañe
y paredes y manos
sólo sean recuerdos
de una vida pasada.
He dicho "me parece"
yo no aseguro nada.

viernes, 19 de noviembre de 2010

La Tierra está Pariendo


Les regalo uno de mis dibujos en carbonilla: La tierra está pariendo. Estamos en el momento y en el lugar.

Para acompañar esta poesía de Jorge Sosa, que ya es parte de mi y cuenta lo que yo siento.

Hermano dame tu mano

Hermano dame tu mano,
vamos juntos a buscar
una casa pequeñita
que se llama libertad.
Esta es la hora primera,
este es el justo lugar
abre la puerta que afuera
la tierra no aguanta más.

Mira adelante hermano
es tu tierra la que espera
sin distancias, ni fronteras
que pongas alta la mano.
Sin distancias, ni fronteras,
esta tierra es la que espera
que el clamor americano
le baje pronto la mano
al señor de las cadenas.

Métale a la marcha,
métale al tambor,
métale que traigo
un pueblo en mi voz.

Hermano dame tu sangre,
dame tu frío y tu pan
dame tu mano hecha puño
que no necesito más.
Esta es la hora primera,
este es el justo lugar
con tu mano y mi mano
hermano empecemos ya.

Mira adelante hermano
en esta hora primera
y apretar bien tu bandera
cerrando fuerte la mano
que apretada a tu bandera
en esta hora primera
con el puño americano
le marque el rostro al tirano
y el dolor se quede afuera.